Hasta hace tan sólo una década si
queríamos escuchar música en el tren, mientras esperábamos al bus o salíamos a
hacer ejercicio no teníamos más remedio que ir cargados con nuestro discman y como
mucho, un par de cd’s de música.
Recuerdo que en mi primer
año de universidad, cuando iba a Madrid
en Renfe, todas las mañanas elegía uno o dos discos para ir escuchándolos durante
la hora y media que duraba el trayecto. Como dice el refrán, la música amansa a
las fieras y lo cierto es que ese ratito de música por la mañana me ayudaba a
sentirme relajada aunque, en muchas ocasiones escuchar siempre las mismas
canciones me resultaba aburrido.
Todo cambió con la llegada
de los reproductores portátiles, los conocidos
MP3… El primero que compré sólo tenía 1gb. Probablemente ahora nos parecería
absurdo llevar un reprodcutor con tan poca capacidad pero para mí supuso un
cambio radical. Podía llevar tanta música que durante el tiempo que duraba el
trayecto no tenía porque repetir ni una sola canción.
Después me regalaron el IPOD, en
el que podía ver fotos, videos y escuchar aún mucha más música. Tiene un diseño
muy bonito, mucha capacidad y accesorios fashion pero, he de confesar que para
mí, no termina de resultar del todo práctico. Con los reproductores normales
podía meter música simplemente copiando y pegando la canción pero con IPOD no
me queda más remedio que hacerlo a través de Itunes, un programa que a todo el
mundo le resulta sencillísimo pero que yo no termino de entender. Puedo tener
acumulados un montón de discos pero siempre termino escuchando tres o cuatro
que son mis favoritos y, para colmo, todos los accesorios son carísimos.
Con esto no quiero decir que el
IPOD (o el resto de inventos de Apple) no sea un gran invento sino que, en mi
opinión, la tecnología resulta a veces demasiado compleja y esto puede hacer
que mucha gente quede al margen de estos nuevos medios.
Qué nostalgia al leer esta entrada y de nuestros viajes (que realmente eran eso) a Madrid cada mañana. Un besazo!
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